Núria López Torres
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Hijas de Ningún Dios
Lorena, Anayeli , Rocío, Amairany, Fabiola… son nombres que siguen resonando sin descanso. Historias de mujeres y niñas que un día dejaron de ser vistas, arrancadas de su día a día y devoradas por la oscuridad de un país que sigue llorándolas. La fotógrafa documentalista Núria López Torres ha tejido estos nombres y muchos más en su proyecto de investigación elaborado en México, "Hijas de Ningún Dios", un espejo de la violencia desmedida contra las mujeres, donde la tierra traga sus cuerpos y el aire ahoga sus voces.
La mañana del 7 de septiembre de 2013, una madre se despidió de su hija Diana Angélica, de 14 años, cuando salió para ir al colegio. Un adiós rutinario que pronto se convirtió en un vacío sin fin. Un año después, el río de los Remedios susurró el nombre de Diana, junto a los restos de otras cuarenta mujeres más.
Zaira se desvaneció en el aire, y su madre aún le escribe cartas que nunca llegarán. Trece años han pasado y la esperanza parece enterrada entre archivos polvorientos y la apatía de manos negligentes. La herida sigue abierta, el tiempo no cierra el vacío que la ausencia crea en quienes se quedan y la incertidumbre no acaba con el dolor, solo parece acentuar la infinita pérdida.
Rebeca, atrapada en un cuarto sin ventanas de un hotel de La Merced, en el corazón del barrio rojo de la ciudad de México, no conocía la luz del día. Los meses transcurrían como sombras, atendiendo a hombres desconocidos, mientras su alma se desdibujaba. Tres años y medio después, fue rescatada junto a otras compañeras. Pero a los tres días de ser salvadas, cuando la noticia todavía resonaba, la violencia se llevó la vida de quien lideró su liberación.
Miles de mujeres asesinadas en 2023, cifras que golpean, que no cuentan más que en abstracto, el dolor profundo de cada historia, el sufrimiento de cada uno de esos rostros, el padecimiento eterno de sus familias. La impunidad convierte la violencia machista en rutina, perpetúa este maldito ciclo, y la vida de estas mujeres y sus nombres, en un susurro que apenas queda registrado en el viento.
"Hijas de ningún dios" en el programa de RTVE La Aventura del Saber. Noviembre de 2024.

MUXES
En el vibrante Istmo de Tehuantepec, al sur de México y en pleno corazón de la cultura zapoteca, habitan los muxes: seres considerados un tercer género sagrado dentro de la sociedad.
Lejos de vivir al margen, los muxes están profundamente integrados en el entramado de la comunidad. Desarrollan funciones socialmente reconocidas y fundamentales tanto en la organización cultural como en el seno familiar, desempeñando oficios que son pilares para la reafirmación de la etnicidad zapoteca. En esta región de Oaxaca, florece una actitud peculiarmente permisiva y natural ante el afeminamiento y la fluidez de género.
A menudo, son las propias madres zapotecas quienes educan a sus hijos varones en roles tradicionalmente femeninos al percibir en ellos una sensibilidad distinta. Para estas mujeres, un hijo muxe representa un apoyo inquebrantable; son criados para ser trabajadores incansables y los guardianes amorosos de sus padres en la vejez. A diferencia de otros, se espera que un hijo muxe permanezca en el hogar, cuidando de sus progenitores en lugar de partir para formar su propia familia nuclear.
Esta aceptación no es casual; está íntimamente ligada a la fuerza que tiene la mujer en el Istmo. La independencia económica y social de la mujer zapoteca crea un universo femenino poderoso que legitima y abraza a los muxes.
Entre el vaivén de sus faldas bordadas y el orgullo de sus pasos, los muxes tejen un puente vivo entre lo masculino y lo femenino. No son una contradicción, sino una celebración de la diversidad humana donde la identidad florece sin miedo bajo el sol oaxaqueño.

















































