Nacho Varela
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Hay muchas maneras de habitar el mundo y de convivir con lo que pasa desapercibido, así como de conmovernos con lo que nos entusiasma. En la mirada de Nacho Varela se revelan dos elementos esenciales: una plácida relación con el tiempo y una elegancia plástica que parece conformarse de forma espontánea.
El tiempo se presenta amplio, tanto en sentido cronológico —pues en ocasiones las escenas podrían situarse en el siglo pasado o aportar un cariz atemporal— como en el ritmo escogido, que denota ausencia de urgencia e inmediatez. Paradójicamente, las instantáneas reflejan un transcurso, parecen contener una historia, un latido, una continuidad . Nos invitan a permanecer acompañando a cada personaje sin perturbar el clima, en un lugar real, habitado y analógico.
Mientras que existe un arte que busca el impacto urgente y exaltado, la mirada de Nacho no fuerza ni satura. Su universo visual se sirve de un ritmo pausado, para lograr una elegancia primigenia, sin artificios efectistas. Los matices se expresan en su justa medida.
Así, más allá de lo visual, sus imágenes evocan un paisaje sonoro: voces de niños jugando y sus zambullidas, el bullicio del interior de un bar, el rumor de la calle, la lluvia. Del mismo modo, en cada escena se pone de relieve lo táctil: la textura del asfalto, la ropa en torno al cuerpo de las figuras o la carne reposada sobre el frío del mostrador.
De manera recurrente, incorpora el cristal —ventanales, escaparates, lunas—, en diálogo con el visor de su cámara, que nos permite asomarnos a su relato, dejarnos mecer y seducir sin brusquedad para formar parte de un estar dilatado, un marco de belleza serena y viva.
Lucía Marín

























