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Jordi Oliver

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La vida es un viaje, y el ser humano, su paisaje. Así lo he intuido desde siempre, desde niño, a través de la mirada de mi abuelo, que vivió y murió en Camerún, y de las fotografías que él tomó y colgaban en las paredes de mi casa familiar. Cuando decidí ser fotógrafo, emprendí también mi propio viaje, que me llevó primero a cantar en el metro de París para pagarme mi primer curso de fotografía. Luego, a instalarme bajo un puente de Sant Adrià del Besós, junto a una familia gitana desahuciada. Ya entonces me fascinaba observar, a través del objetivo, la relación entre el ser humano y el espacio que habita. Y allí aprendí el valor de la fotografía como denuncia, su poder para revertir situaciones.

Fue en ese instante cuando comenzó mi carrera en prensa, aunque por las noches deambulaba con mi cámara por el Raval. Era la década de los 90, en una ciudad preolímpica que se abría al mundo. Las imágenes que capturé entonces me valieron un premio que me permitió seguir formándome en Nueva York. Fotografías de los bajos fondos, de las calles y sus habitantes, del bar Marsella y su gente… Imágenes a las que Manuel Vázquez Montalbán dedicó un texto titulado Melodía del Raval, nombre que hoy define toda una serie expuesta en numerosas ocasiones y también una canción que compuse para la ocasión. Dice así:

"Aquí todos nacimos en barrios que os sobraban, rodeados de cosas que os sobraban...
(...) Nos dais la ciencia social que os sobra, la psicología que os sobra, el alcalde que os sobra, la mirada de solidaridad que os sobra y el miedo que os sobra,
porque a veces pensáis que podíais haber nacido vosotros mismos en los barrios que os sobraban".

La música siempre ha sido una gran influencia en mi vida. Fue también el motor que me llevó a fotografiar a la comunidad gitana durante más de doce años. Una música que no es solo un medio de expresión, sino el legado histórico de un pueblo que ha llevado su cultura desde el Rajastán hasta Andalucía a lo largo de once siglos. Así nació el proyecto Alma Gitana, que después de más de una década se ha convertido en una retrospectiva que enlaza países, migraciones, campos de refugiados, desahucios, barrios de protección oficial, peregrinaciones, familias y vidas.

Vidas como la de Alicia, a quien retraté desde niña, cuando bailaba libre al ritmo del acordeón de su padre, hasta su boda, que la encierra en una tradición de la que no puede escapar. Ella es, por qué no, la imagen que revela la esencia de un pueblo al que no quiero justificar ni denunciar, sino mostrar en su verdad, con toda su alma: el alma gitana. El alma de un paisaje humano que da sentido a mi viaje, ese que me empuja a seguir enfocando mi mirada.

www.jordioliver.net

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