Jesús Alonso Ovejero

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La tentación de abrir la aplicación de dictado, quedarme en silencio y esperar que aún así vaya apareciendo un texto en la pantalla, como si el silencio dictara o como si hubiera palabras en el aire con ganas de escribirse.

Madame Stäel: de ella se decía que para distraerse le encantaba tirar a la gente al río y lanzarse a rescatarla. 

Espero no tener que llegar a tanto para distraer las ganas de escribir, pero no lo descarto.

Si pudiera no escribir mis libros de nuevo, estoy convencido de que no los escribiría mejor y ése es el estímulo más saludable para continuar sin escribir. 

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Hay libros no escritos que han cambiado la vida de miles de personas.

Voy de librería en librería preguntando por uno de los libros que no he escrito con la esperanza que en una de ellas el librero me diga: "un momento, aquí lo tiene". Y pueda contestar "Envuélvalo para regalo, por favor". 

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Escribir un libro, no con las últimas palabras sino con los últimos silencios.

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El mago era de una generosidad tal que en vez de dar a elegir una carta, daba a elegir una baraja. 

El fútbol es como el ajedrez, pero sin dados. (Lucas Podolski, exfutbolista).

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Aunque se encontrara en el salón de su madre y aunque su madre no se hubiera mudado nunca de casa parecería tan desubicado como todas las piezas del ajedrez juntas (es decir, con el sentimiento de desubicación que tendría cada una de ellas) colocadas para jugar en un tablero de parchís.

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Al poeta Lorenzo García Vega le gustaba caer sobre las modas y los géneros igual que, en su infancia, caía sobre los juguetes: dispuesto —hachita en mano— a romperlos, a ver lo que tenían dentro, fue niño cubista y llegó a ver los faroles que acompañaban a las carretas como si fueran “machetes de la sombra”.

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¿Consuela al pájaro en mano que le digan tú vales más que los ciento volando?

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Agnès Varda: «Agnès, te damos un premio». Pero cuando yo digo: «¿Dónde está el dinero?», nadie contesta. Tengo la vitrina llena de animalitos: hay un leopardo, y un oso, y un perro, y un león.  Y una vez me dieron un premio que era una caja llena de tierra de todos los países de Europa. 

No sé si los padres muertos tienen apalabrado un número determinado de apariciones en los sueños de sus hijos para decirles algo que no le dijeron en vida. El mío se me ha aparecido esta noche: lleva siempre dinero suelto en la guantera del coche por si tienes que comprar pañuelos en algún semáforo. Luego me ha dado un beso y se ha ido atravesando la pared para no despertarme con el ruido de la puerta.

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- ¿Por qué en esa excursión no hay ningún niño?

- Se los habrán comido.

- ¿Se los han comido? ¿Cómo se van a comer a sus hijos?

- Claro, se tienen hijos para comerlos en caso de necesidad. Esa ha sido la forma habitual de llevar comida fresca para sobrevivir a los largos viajes. Ahora somos más sedentarios y los medios de transporte más rápidos y casi no hay necesidad de llegar a esos extremos, pero en la antigüedad era muy corriente comerse a los niños cuando no se podía soportar el hambre. 

- Pues a mí no me han dicho nada de eso en la escuela.

- Estas cosas no se cuentan en la escuela.