Gonzalo Azumendi

Luz y color
La vida es una tómbola, tom-tom, tómbola
La vida es una tómbola, tom-tom, tómbola
De luz y de color
De luz y de color
(Letra de La vida es una tómbola, compuesta por Augusto Algueró, interpretada por Marisol, 1962).
Sobre el peñasco de un lugar sin nombre, Rocinante otea el horizonte buscando a su dueño. De la boca de un cañón sale disparado hacia los cielos el hombre bala. Un grupo de veraneantes clava el estilete de su sombrilla en la arena de una playa cualquiera, Iwo Jima o la luna misma, tanto da. Parejas besándose en una rave. Metrópolis asiáticas a vista de pájaro, con un río de coches multicolor colapsando sus venas de asfalto…
El mundo desplegado en mil facetas, convertido por el prisma de la cámara de Azumendi en un poliedro loco de mil y una caras, de mil y un relatos orientales y occidentales, mesetarios o antárticos, sísmicos, submarinos, celestiales y alucinatorios. Los cuatro puntos cardinales, la Mar Océano, el continente africano y sus desiertos, rumiantes de todo pelaje, cordilleras nevadas, volcanes crepitantes y el cielo sobre nuestras cabezas poblado de nubes, todo, lo que se dice todo, incluso una gaviota en pleno vuelo, ha quedado atrapado en esta bola de cristal, en este mágico universo de fogonazos deslumbrantes: el Universo Azumendi.
Viendo las fotografías de Gonzalo, piensa uno en la vida como una tómbola de luz y de color, piensa en Marisol o en una recua de unicornios sonrientes lloviendo del cielo, o en el arcoíris de los cuentos de hadas con su cofre de monedas de oro aguardándonos en la base. La vida convertida, gracias al sortilegio fotográfico, en el sueño caprichoso de un sultán hechizado por la cuentista Sherezade.
Y también piensa en el francés Jacques Henri Lartigue, coronado por la historia como “el fotógrafo de la felicidad”. Porque detrás de este imaginario de fantasía documental se esconde el pálpito celebratorio de un fotógrafo viajero que ha recorrido durante décadas, con mirada maestra, alegre, sensible y profundamente humana, todos los rincones posibles de nuestro terruño planetario.
Para fotógrafos pertenecientes a la estirpe de los melancólicos, como es el caso de quien escribe, acostumbrados a componer sonetos al cobijo de las sombras, el imaginario de Azumendi sirve de cachetazo eléctrico con el que salir de nuestra penumbra cavernosa y aletargante, y despertar al espectáculo luminoso de un mundo cargado de alegría innegociable. Pasen y vean. Vean y pasen las páginas de este libro único de Azumendi, fotógrafo de la felicidad, donde se suceden los fotogramas aquietados como en un Cinexin de fantasía: un desfile de parpadeos, lenitivo y salvífico, que nos concilia con la realidad y nos redime por momentos de nuestra condición humana, plaga culpable y guerreante que todo lo devora, pero que (demostrado queda con estas fotografías) también tiene sus instantes de ternura, bufoneo y chirigota, de surreal ironía y paradoja absurda.
Como ese punki nórdico con cresta rosada y delantal de pastelero que detiene su bicicleta en un semáforo y nos saluda sonriente, acompañando el gesto con una “V” de victoria. No sabemos bien lo que celebra, pero tiene el aire satisfecho y triunfal de quien ha metido un gol en el recreo o se ha comido media docena de merengues. Y puede que sea eso, la vida rendida a nuestro pies, sometida a la alegría incondicional de nuestra especie optimista y danzante. Que venga dios y lo vea, que venga dios y nos vea, así, en plena fiesta: Homo Sapiens Bailonguis. Que nos quiten lo “bailao”, si pueden, y mientras tanto, que no pare la música y a vivir, que son dos días, festivos, eso sí. La verdad tiene muchas caras, y cuando uno asiste a este carnaval danzante no tiene más remedio que sonreír y abandonarse al juego y a la propuesta de Azumendi, director de este teatro loco, lleno de vida, de luz y de color.
Y de este modo, por obra y gracia de nuestro autor, conspirador de la felicidad, el pastelero punki y su bicicleta, la panda de macacos sesteando en aguas termales como jubilados en un crucero por el Báltico, la mujer sin rostro con su cabellera anaranjada llameando contra el viento y el elefante lavacoches soltando con su trompa un manguerazo de agua a la cámara, adquieren el estatuto de la inmortalidad, el privilegio de la huella y la memoria indeleble. La fotografía es lo que tiene, atrapa en el ámbar de sus negativos o en la celda de sus respaldos pixelados momentos santificados por su autor y dueño, que quedan, así, rescatados del sumidero del tiempo.
Con este libro, Azumendi, comediógrafo y artista, ha elevado la felicidad de nuestro mundo a la condición inmutable de lo eterno.

























